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Qué pensar en el Día del Maestro
La columnista del diario El Tiempo Yolanda Reyes lanza una reflexión sobre la forma como se viene manejando la docencia en Colombia en el marco del Día del Maestro.
Columna de Yolanda Reyes para El Tiempo
Para el día del maestro, además de flores, tarjetas y frases hechas sobre la importancia de los maestros y las maestras –que, más allá de las aulas, está ausente en la agenda del país– deberíamos aprovechar esta fecha para hablar de esa brecha entre la escuela pública y la privada, y la rural y la urbana, y de ese perverso vínculo entre el aprendizaje y el nivel socioeconómico que seguimos repitiendo como loros en Colombia, en un currículo inamovible.
Ahora, cuando empiezan a divulgarse estudios sobre los efectos del cierre escolar con el que Colombia afrontó la pandemia, y que, en la mayor parte del país, se extendió desde la mitad de marzo de 2020 hasta febrero de 2021, las cifras reflejan la inequidad aumentada.
Por citar un ejemplo, en ‘Desigualdad en el aprendizaje durante el covid-19’, los investigadores Marín, Rodríguez, Maldonado y García se basaron en las pruebas Saber de grado 11, presentadas en 2020 y 2021, y tuvieron en cuenta variables como las condiciones individuales de los estudiantes (género y etnia), el nivel socioeconómico de sus hogares (educación de los padres, tenencia de libros, acceso a internet y a dispositivos electrónicos), el tipo de institución (oficial o privada), y la zona (rural o urbana).
Si bien sabemos que el cierre escolar por la pandemia aquí fue excesivamente largo, y desigual en el retorno a la presencialidad, el estudio revela que los sectores más vulnerables, que ya traían rezagos en el aprendizaje, fueron los que más descendieron en el percentil de los de peor desempeño durante el confinamiento.
La diferencia de posición de los estudiantes, según su procedencia (rural o urbana), se multiplicó casi por cuatro en 2020 y 2021, y entre los estudiantes de estrato socioeconómico alto y los de mayores carencias, la distancia se hizo seis veces mayor. Aunque la brecha de género no registró variaciones, eso no puede verse como una buena noticia sino como fuente de preguntas: ¿las niñas más vulnerables se presentaron a las pruebas Saber en pandemia? Ahí cabe recordar cifras alarmantes: según el Dane, entre 2020 y 2021 hubo un incremento del 31,5 % en el número de embarazos de menores de catorce años, así que hay mucho por investigar.
Estos resultados nos muestran un mapa de la Colombia presente y futura, trazado por los bachilleres de la pandemia, que hoy son estudiantes o aspirantes a la educación superior, o son trabajadores… o ‘ninis’.
En ellos y ellas, pero también en sus condiscípulos de todos los grados de secundaria, primaria y educación inicial, cuyas pérdidas pueden haber sido mayores debido a esa desatención, durante dos años cruciales para el desarrollo cognitivo y emocional, se lee la radiografía del talento humano del país, en el que las intervenciones oportunas para los estudiantes con dificultades distan también de ser equitativas.
Esas intervenciones urgentes que deberían reflejarse en prácticas cotidianas y sistemáticas de recuperación, focalizadas en estudiantes más vulnerables, y en decisiones de política educativa que afronten esas pérdidas de aprendizaje, parecen un tema tabú, como si la pandemia se hubiera superado sin dejar huellas y como si, una vez concluida, pudiera pasarse la página a la lección siguiente.
Los anuncios de este gobierno prometen 500.000 cupos para educación superior y declaman que la consagrarán como un derecho humano, sin tener en cuenta que ese derecho requiere herramientas para garantizarlo en condiciones similares. Para decirlo en palabras que todos los maestros entendemos, sin bases no hay educación. Y las bases no dependen de un potencial individual misterioso, sino de lo que a unos se les da y a otros se les ha negado.