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Pelea entre el Gobierno y el Banco de la República, ¿Qué consecuencias trae?

Desde sectores oficiales se insistió en que el Banrep responde a intereses particulares, distintos a los del Gobierno, mientras que desde la entidad se defendió su carácter técnico y su mandato de controlar la inflación.

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La tensión entre el Gobierno Nacional y el Banco de la República alcanzó su punto más álgido esta semana y reabrió el debate: ¿qué pasa cuando un banco central pierde su autonomía? La experiencia de países como Turquía, Argentina y Venezuela volvió al centro de la discusión como advertencia.

El episodio ocurrió el pasado martes 31 de marzo, cuando el ministro de Hacienda, Germán Ávila, se retiró en plena sesión de la junta directiva tras oponerse al alza de la tasa de interés a 11,25% y, minutos después, anunció una “distancia significativa” con el Emisor en una rueda de prensa aparte, un hecho sin precedentes en la historia del país.

La decisión fue respaldada por el presidente Gustavo Petro, quien confirmó la salida del Gobierno de la junta y cuestionó las decisiones del Emisor: “No somos partícipes de una posición de oposición suicida”, dijo.

Desde sectores oficiales se insistió en que el Banrep responde a intereses particulares, distintos a los del Gobierno, mientras que desde la entidad se defendió su carácter técnico y su mandato de controlar la inflación.

@valentinaraujo204

Aquí tienes un trino corto, directo y con filo: La inflación bajó, pero el Banco de la República mantiene tasas altas. ¿Error técnico? No. Ahora vemos fichas políticas cerca de esas decisiones, como el entorno de Paloma Valencia. Mientras usted paga más, otros ganan más. Esto no es técnico, es político.

♬ sonido original – Valentína Araujo

El gerente del Banrep, Leonardo Villar, aseguró que “las decisiones se tomaron por mayoría y con base en criterios técnicos, en línea con el mandato de preservar el poder adquisitivo de la moneda”. Además, indicó que, salvo el ministro de Hacienda, los integrantes de la junta toman decisiones de manera independiente.

Villar añadió que los codirectores actúan guiados por lo que consideran “mejor para la sociedad”, y explicó que el alza responde al repunte de la inflación (5,3% en febrero), a presiones persistentes en indicadores clave (6,1% sin alimentos y 7% en servicios) y a expectativas todavía alejadas de la meta del 3%.

En medio de esta controversia, el caso de Turquía se convirtió en un ejemplo claro de los riesgos que implica la intervención política en los bancos centrales. Su experiencia demuestra que la pérdida de autonomía frente a las decisiones de los gobiernos de turno puede minar la credibilidad de la institución y desestabilizar la economía.

Todo empezó cuando el presidente de ese país, Recep Tayyip Erdogan, promovió una política económica heterodoxa de recorte de tasas de interés, conocida como “Erdoganomics”, basada en la idea poco convencional de que los tipos de referencia altos elevan la inflación, lo que llevó a presiones sobre el Banco Central de Turquía para apartarse de los criterios tradicionales.

La intervención directa de Erdoğan en el banco central, que incluyó la destitución de varios gobernadores, terminó por erosionar la confianza de los inversionistas y debilitó la credibilidad. En ese contexto, el país enfrentó un dilema clásico: subir las tasas para estabilizar la moneda, con el costo de frenar el crecimiento, o mantenerlas bajas, asumiendo el riesgo de una crisis cambiaria.

Entre 2015 y 2019, en medio de una elevada incertidumbre política, el gobierno turco optó por priorizar el crecimiento mediante estímulos al crédito.

Esta decisión amplió los déficits externos y aumentó la vulnerabilidad financiera, sentando las bases de la crisis que estalló en 2018 con una fuerte devaluación de la moneda, seguida de alzas abruptas en las tasas de interés y una recesión económica.

Las consecuencias fueron profundas. La lira turca se depreció más de 90% en la última década y, según el Centro de Estudios Orientales (OSW), a finales de 2021 el temor a una mayor caída desató pánico en los mercados: en apenas un mes, la moneda pasó de 10 a 17 liras por dólar, mientras la inflación saltó del 21% al 36%.

La escalada continuó en 2022, cuando la inflación alcanzó un pico de 85% en octubre, su nivel más alto en 24 años. A este deterioro se sumaron mayores costos de endeudamiento y un alza en los incumplimientos de crédito.

Y aunque a comienzos de 2026 se comenzó a observar un proceso de menor inflación —de cerca de 65% en 2023 a una proyección de 25% para finales de 2026—, la inercia inflacionaria sigue siendo elevada, especialmente en alimentos y servicios.

Para Andrés García, director del Observatorio Laboral y decano de Economía de la Universidad del Rosario, lo ocurrido en Turquía deja una lección clara a Colombia: la intervención política sostenida en el banco central termina por debilitar su credibilidad.

“Forzar tasas de interés bajas en un contexto de alta inflación suele traducirse en fuertes devaluaciones de la moneda y en espirales inflacionarias difíciles de contener”, comentó.

Subrayó que, aunque Colombia está lejos de un escenario similar, episodios como el ocurrido recientemente sí elevan los riesgos cuando se debilita la autonomía del banco. A su juicio, el país cuenta hoy con un marco institucional más sólido, pero insiste en que este debe preservarse para evitar desequilibrios mayores.

Las lecciones de América latina: relación entre autonomía e inflación

El debate sobre la autonomía del Banrep también reabrió una discusión más amplia que se llevó a cabo en América Latina, donde la historia muestra los efectos de debilitar, o fortalecer, a los bancos centrales.

Un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), que analizó la evolución de estas instituciones en 17 países de la región durante los últimos 100 años, concluyó que existe una relación directa entre mayor independencia y menor inflación. Es decir, cuando los bancos operan sin presiones políticas, los países logran una mayor estabilidad en sus precios.

El estudio identificó un primer periodo, entre las décadas de 1940 y 1990, marcado por la pérdida de autonomía. Tras la Gran Depresión, los bancos centrales dejaron de enfocarse exclusivamente en la estabilidad monetaria y pasaron a convertirse en instrumentos de desarrollo económico bajo la órbita de los gobiernos.

En la práctica, esto significó que muchas economías permitieron el financiamiento directo del gasto público a través de sus bancos centrales.

Esta “dominancia fiscal” terminó sembrando las bases de episodios de alta inflación. Durante los años 70 y 80, varios países enfrentaron crisis inflacionarias severas —e incluso hiperinflación— como resultado de la subordinación de la política monetaria al poder ejecutivo.

El giro llegó en la década de 1990, impulsado por el deterioro económico y social acumulado. La mayoría de los países implementó reformas estructurales para blindar a sus bancos centrales, otorgándoles independencia política y operativa, con un mandato claro: controlar la inflación.

Estas reformas incluyeron restricciones estrictas, e incluso prohibiciones, al financiamiento del déficit fiscal por parte de estas entidades, eliminando así uno de los principales factores de inestabilidad. El resultado fue contundente: la inflación cedió de forma sostenida y, para comienzos del siglo XXI, se ubicó en niveles bajos y relativamente estables en gran parte de la región.

La evidencia empírica respalda este cambio. El FMI encontró que una menor independencia está asociada con mayores niveles de inflación a lo largo de las últimas décadas. En consecuencia, un aumento significativo en la autonomía de estas instituciones puede traducirse en reducciones acumuladas de la inflación cercanas a 10 puntos porcentuales en un periodo de cinco años.

Argentina y Venezuela: cuando el banco central es “caja” del Gobierno

El informe también tomó casos no tan lejanos en los que la independencia se ha debilitado, con consecuencias inflacionarias claras.

En Argentina, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se modificó la carta orgánica del Banco Central (BCRA), ampliando su mandato más allá de la estabilidad de precios. Esto permitió financiar directamente al Tesoro y utilizar reservas internacionales para pago de deuda.

El resultado fue una aceleración sostenida de la inflación, que pasó de niveles de 20%–25% a cerca de 30% anual hacia 2015, según mediciones privadas ante la intervención del Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina (Indec).

Más recientemente, el debate giró hacia el extremo opuesto: el presidente Javier Milei ha planteado limitar la capacidad del banco central de emitir dinero para financiar el gasto, pasando de propuestas de “cerrarlo” a una estrategia de saneamiento para neutralizar su rol en la política fiscal.

Otro de los casos, que representa el escenario más extremo de intervención, es el de Venezuela. Allí, el Banco Central (BCV) operó durante años bajo control directo del gobierno chavista, lo que derivó en una de las hiperinflaciones más prolongadas de la historia.

Aunque lejos del pico de 130.000% registrado en 2018, el país cerró 2025 con una inflación cercana al 475%, reflejo de la persistente desconfianza en el bolívar y los efectos de la emisión monetaria.

El deterioro fue crítico. La pérdida de valor del bolívar llevó a una dolarización de facto: actualmente, más del 80% de las transacciones se realizan en dólares, mientras la moneda local ha dejado de cumplir sus funciones básicas.

Tras la salida de Nicolás Maduro del poder y la instalación de un gobierno de transición, se espera que el BCV comience un proceso gradual de reconexión con los mercados internacionales. Aquí se abre la posibilidad de avanzar hacia una recuperación de su autonomía, aunque el resultado dependerá de la reestructuración de la deuda externa y de la consolidación de un marco económico creíble.

¿Por qué no bajar las tasas de interés hoy en Colombia?

Así las cosas, una de las preguntas que hoy marca el debate económico es si bajar las tasas de interés realmente le conviene a la economía.

El presidente Petro ha insistido en la necesidad de reducirlas para impulsar la reactivación y evitar un escenario de estanflación, al considerar que el alto costo del crédito frena sectores clave como la vivienda, la inversión y el empleo.

Sin embargo, decanos de economía de las principales universidades del país respaldan el reciente aumento de tasas del Banrep, señalando que la política monetaria enfrenta un dilema: reducir la inflación implica costos a corto plazo, como menor crecimiento o un aumento transitorio del desempleo, pero asegura estabilidad de precios en el largo plazo.

Además, advierten que la inflación elevada golpea más a los hogares vulnerables, deteriora el ahorro y encarece el acceso al crédito, especialmente para las pequeñas empresas. Por eso, consideran que el alza de tasas no es arbitraria, sino una medida para contener las expectativas y evitar que la inflación se consolide, reduciendo así los costos futuros de su control.

Para José Ignacio López, presidente de Anif, el debate sobre la independencia del Banrep suele ser limitado. No basta con que sus directivos no sean nombrados por el Gobierno; lo crucial es que la entidad tenga el mandato de controlar la inflación y mantener baja tolerancia al alza de precios, incluso frente a presiones políticas o sociales.

López advirtió que delegar la política monetaria a otros actores, como gremios o sindicatos, no garantiza independencia. Estos grupos, dijo, podrían priorizar medidas de estímulo económico inmediato, aumentando la inflación futura.

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Fueron 120 segundos de horror en Colombia

La cifra oficial revelada por la entidad especializada a través de una publicación en redes sociales respondió, según ellos, a la interrogante más recurrente de todos los ciudadanos colombianos posterior al evento telúrico: “¿Cuánto duró?”.

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Un registro instrumental de entre 90 segundos y dos minutos en las estaciones más cercanas al epicentro fue el balance técnico de tiempo entregado por el Servicio Geológico Colombiano (SGC) de la duración del fuerte terremoto de magnitud 7.4 ocurrido en la mañana de este lunes 10 de agosto, cuyo epicentro se localizó en San José del Palmar, Chocó.

La cifra oficial revelada por la entidad especializada a través de una publicación en redes sociales respondió, según ellos, a la interrogante más recurrente de todos los ciudadanos colombianos posterior al evento telúrico: “¿Cuánto duró?”.

Ante la disparidad de testimonios de la población sobre la percepción del tiempo de la sacudida, la entidad especializada aclaró que la duración de un temblor abarca tres conceptos técnicos importantes e independientes: el tiempo percibido por los habitantes, el tiempo registrado por la instrumentación y la duración exacta del movimiento en la falla de origen.

El reporte técnico del Servicio Geológico Colombiano (SGC) señaló a través de la publicación que los sismómetros monitorean hasta movimientos del suelo imperceptibles para las personas.

Por esta razón, mientras la población puede percibir una sacudida durante contados segundos, las estaciones de monitoreo captan las ondas durante varios minutos. De acuerdo con el SGC, “en Colombia todos los días ocurren sismos que nuestros instrumentos detectan, pero que nosotros no sentimos”.

En el evento reportado este lunes en San José del Palmar, la red de monitoreo registró un rango de movimiento significativo que fluctuó entre un minuto y medio y dos minutos en las zonas inmediatas al epicentro, es decir, el resto de lugares afectados.

Respecto a la sensación individual de los ciudadanos —algunos de los cuales afirmaron haber sentido el temblor durante mayor o menor tiempo—, la institución explicó que la percepción no es uniforme. Esta variación depende de la distancia al hipocentro (el punto interior de la Tierra donde inicia la ruptura), la tipología de las edificaciones y las condiciones topográficas y geológicas del suelo.

El tipo de terreno desempeña un rol determinante en la propagación sísmica. En superficies compuestas por rocas rígidas, las ondas tienden a amplificarse en menor medida. Por el contrario, los suelos blandos presentan una tendencia a amplificar las ondas, prolongando el movimiento percibido.

La entidad concluyó que la respuesta a la pregunta “¿cuánto duró el sismo?” depende de si la evaluación se realiza desde la duración percibida por la población, la registrada por los instrumentos de medición o la ocurrida en la fuente sísmica.

De acuerdo con el más reciente balance oficial emitido por las autoridades nacionales, la emergencia deja de manera preliminar 111 personas fallecidas, 87 heridos y más de 100 desaparecidos, con las mayores afectaciones concentradas en los departamentos del Eje Cafetero, Valle del Cauca y Chocó.

¿Cuánto tiempo duró el sismo del 10 de agosto en Colombia según el registro oficial?

Las estaciones de monitoreo del Servicio Geológico Colombiano (SGC) más cercanas al epicentro en San José del Palmar, Chocó, registraron entre 90 segundos y 2 minutos (de 1:30 a 2:00 minutos) de movimiento significativo.

¿Por qué algunas personas sintieron el temblor más largo o más corto que otras?

La percepción individual de la duración varía según la distancia al hipocentro, el tipo de edificación y las condiciones del suelo donde se encuentre cada persona. Los suelos blandos suelen amplificar la vibración y hacer que se sienta por más tiempo, mientras que las rocas rígidas amortiguan el movimiento.

¿Cuál es la diferencia entre la duración percibida y la duración instrumental de un temblor?

La duración percibida es el tiempo durante el cual un ser humano alcanza a sentir la sacudida, mientras que la duración instrumental mide el tiempo total en que los sismómetros captan las ondas. Como los equipos detectan vibraciones imperceptibles para las personas, el registro instrumental suele ser considerablemente más largo.

¿El Servicio Geológico Colombiano puede predecir cuánto va a durar un temblor antes de que ocurra?

No. Ni la duración, ni la magnitud, ni la hora exacta de un sismo se pueden predecir. El SGC únicamente puede calcular la duración de las ondas e informarla una vez que los instrumentos de monitoreo han registrado el evento en tiempo real.

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Abelardo de la Espriella toma posesión como nuevo presidente de Colombia

El abogado nacido en Bogotá, de 48 años, que había construido una campaña presidencial alrededor de la seguridad, la autoridad, la defensa de las instituciones y una comunicación política poco convencional, pasaba de ser candidato a convertirse formalmente en jefe de Estado.

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Cali amaneció el 7 de agosto con algo más que el acostumbrado movimiento de una ciudad acostumbrada a las grandes jornadas. Esta vez, la capital del Valle del Cauca tenía sobre sus hombros una responsabilidad que durante más de un siglo había pertenecido a Bogotá: recibir la ceremonia de posesión de un presidente de Colombia.

La protagonista era una figura que pocos años atrás parecía destinada a los escenarios jurídicos y mediáticos y que ahora llegaba al corazón del poder nacional: Abelardo de la Espriella.

La ceremonia rompió una tradición republicana de más de cien años. La Arena USC, en la Universidad Santiago de Cali, reemplazó a la tradicional Plaza de Bolívar como escenario del acto solemne. Allí se congregaron cerca de 2.300 personas entre congresistas, empresarios, dirigentes políticos, representantes gremiales y delegaciones internacionales.

Pero la escogencia de Cali no fue simplemente un cambio de dirección en la invitación presidencial. Desde la campaña, De la Espriella había insistido en que quería llevar la posesión a una región distinta de Bogotá y, originalmente, había planteado hacerlo en una guarnición militar. La propuesta provocó un enfrentamiento con el entonces presidente Gustavo Petro, quien se opuso a utilizar instalaciones militares para la ceremonia. Finalmente, el nuevo mandatario trasladó el acto a un escenario civil, aunque mantuvo un fuerte componente militar en la jornada.

Una alfombra roja para el nuevo poder

Pasadas las cuatro de la tarde, la Arena USC comenzó a convertirse en el retrato de la nueva Colombia que De la Espriella había prometido durante su campaña.

Por la alfombra roja desfilaron presidentes, expresidentes, dirigentes políticos y representantes internacionales. El rey Felipe VI de España estuvo entre los invitados, acompañado por mandatarios como Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador; Santiago Peña, de Paraguay; José Antonio Kast, de Chile; José Raúl Mulino, de Panamá; Luis Abinader, de República Dominicana; Nasry Asfura, de Honduras, y Laura Fernández, de Costa Rica.

También estuvieron expresidentes colombianos como Álvaro Uribe, Iván Duque y Andrés Pastrana.

Hubo, sin embargo, ausencias que no pasaron inadvertidas.

El presidente saliente, Gustavo Petro, no estuvo presente. Tampoco fueron invitados los expresidentes Juan Manuel Santos y Ernesto Samper. Y en el Congreso, la bancada del Pacto Histórico no asistió al acto, aunque sí se logró el quórum necesario para realizar la ceremonia constitucional.

La escena dejaba así una imagen difícil de ignorar: mientras unos llegaban para acompañar el nacimiento del nuevo Gobierno, otros escogían no estar allí.

El juramento

A las 4:22 de la tarde llegó el momento que había esperado buena parte del país.

Abelardo de la Espriella juró ante el Congreso de la República y recibió la banda presidencial de manos del presidente del Senado, Honorio Henríquez. Con ese acto, asumió oficialmente como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030.

A su lado estaba su familia.

El abogado nacido en Bogotá, de 48 años, que había construido una campaña presidencial alrededor de la seguridad, la autoridad, la defensa de las instituciones y una comunicación política poco convencional, pasaba de ser candidato a convertirse formalmente en jefe de Estado.

Y entonces comenzó el discurso.

“El tigre ha llegado

Si había una frase que resumía el tono del nuevo mandatario, probablemente era aquella que pronunció ante las Fuerzas Militares: “El tigre ha llegado”.

De la Espriella anunció una política de mano firme frente al narcotráfico, el terrorismo y las organizaciones criminales. Ordenó a las Fuerzas Militares y a la Policía combatir las estructuras delincuenciales y advirtió que quienes persistieran en el delito tendrían que someterse a la ley o enfrentar la respuesta del Estado.

La seguridad ocupó, de esta manera, un lugar central desde el primer discurso presidencial.

Pero hubo otro mensaje que buscó ampliar el alcance de su llegada al poder. De la Espriella afirmó que sería el presidente de todos los colombianos, incluso de aquellos que no votaron por él.

Era una declaración importante para un país que llegó a las elecciones profundamente dividido y que ahora comenzaba un nuevo capítulo político.

Fe, música y política

La ceremonia también tuvo momentos que se alejaron del protocolo estrictamente político.

Hubo un espacio de oración con la participación del rabino David Michaan, el pastor Eduardo Cañas Estrada y el sacerdote Francisco Javier Múnera Correa. La cantante Maía interpretó Aleluya, mientras en el recinto se mezclaban símbolos religiosos, música y solemnidad institucional.

El mensaje parecía claro: el nuevo Gobierno quería construir su identidad también desde los símbolos.

Y esa identidad estuvo presente en prácticamente cada detalle de la jornada.

De la Arena a los cuarteles

La ceremonia había terminado, pero la jornada presidencial todavía tenía una escena por contar.

Después del acto formal de posesión en la Arena USC, De la Espriella se trasladó al Cantón Militar Pichincha, en Cali, donde las Fuerzas Militares le rindieron honores como nuevo comandante supremo.

Fue allí donde pronunció su primer discurso dirigido directamente a la Fuerza Pública y donde reforzó su mensaje de autoridad y lucha contra las organizaciones criminales.

Era, en cierta forma, la imagen que había buscado desde el comienzo: una posesión fuera de Bogotá, pero profundamente ligada a Cali y a las Fuerzas Militares.

El primer día de un Gobierno que promete mano firme

La posesión no fue únicamente una ceremonia protocolaria.

Fue el primer capítulo de un Gobierno que llega con una promesa contundente: recuperar el orden, fortalecer la autoridad del Estado y enfrentar al crimen organizado.

Y el nuevo presidente quiso demostrarlo desde las primeras horas.

Ese mismo día comenzó a ejecutar una de sus primeras decisiones en materia de seguridad: el traslado de 117 internos vinculados a estructuras criminales y procesos relacionados con las negociaciones de paz hacia establecimientos penitenciarios de máxima seguridad.

Así, entre la banda presidencial, los himnos, los invitados internacionales, las oraciones, los aplausos y las ceremonias militares, Colombia comenzó oficialmente una nueva etapa.

Una etapa que tendrá como escenario un país todavía polarizado, una economía con enormes desafíos, regiones que reclaman mayor presencia del Estado y una ciudadanía que espera resultados.

Cali puso el escenario.

La Arena USC recibió al nuevo presidente.

Las Fuerzas Militares recibieron al nuevo comandante.

Y Colombia, desde ese 7 de agosto, comenzó a preguntarse qué significarán realmente para el país las palabras con las que Abelardo de la Espriella inauguró su mandato: orden, autoridad y libertad.

Ahora ya no hay campaña.

Ya no hay discursos de candidato.

Ya no hay promesas desde una tarima electoral.

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Colombia fue una nación que caminó unida por la fe en la multitudinaria Marcha para Jesús

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Las calles de Colombia cambiaron de rostro este domingo 2 de agosto. Allí donde habitualmente se escuchan los motores, las consignas políticas o el bullicio cotidiano, esta vez fueron los cánticos de alabanza, las oraciones y las banderas blancas las que marcaron el paso de cientos de miles de creyentes que participaron en la Gran Marcha para Jesús 2026.

Desde las primeras horas de la tarde, familias enteras comenzaron a reunirse en parques, avenidas y plazas principales de ciudades y municipios. Niños sobre los hombros de sus padres, jóvenes portando pancartas con mensajes de esperanza y adultos mayores caminando con serenidad hicieron parte de una movilización que, según sus organizadores, se desarrolló de manera simultánea en los 32 departamentos del país y en centenares de ciudades y municipios. 

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No hubo colores partidistas ni discursos electorales. La consigna fue una sola: exaltar el nombre de Jesús y elevar una oración colectiva por Colombia. Católicos, iglesias evangélicas, comunidades protestantes y creyentes de distintas denominaciones compartieron un mismo recorrido, dejando a un lado las diferencias doctrinales para enviar un mensaje de unidad, reconciliación y paz. 

En Bogotá, miles de participantes caminaron hasta el Parque Simón Bolívar, donde la jornada concluyó con música cristiana, momentos de oración y mensajes de esperanza. Escenas similares se vivieron en Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena, Pereira y decenas de municipios, donde las calles se transformaron en un gran templo al aire libre. 

La movilización transcurrió de manera pacífica. En lugar de reclamos o confrontaciones, predominó el ambiente familiar. Hubo abrazos entre desconocidos, cantos compartidos y palabras de ánimo para quienes observaban el paso de la multitud desde los andenes y balcones.

Los organizadores describieron la jornada como un movimiento ciudadano, apolítico y no denominacional, cuyo propósito fue recordar que la fe también puede ocupar el espacio público como una expresión de esperanza y servicio a la sociedad. Para esta edición se esperaba una participación superior a la de años anteriores, con presencia en cerca de 700 ciudades y municipios del país. 

Al caer la tarde, mientras las columnas de marchantes se dispersaban lentamente, quedaba la imagen de un país que, por unas horas, decidió caminar al mismo ritmo. En un momento marcado por desafíos sociales, económicos y políticos, miles de colombianos optaron por responder con oración, música y un mensaje de fe.

La Marcha para Jesús volvió así a demostrar que, más allá de las cifras de asistencia, continúa consolidándose como una de las manifestaciones religiosas más multitudinarias de Colombia, donde la esperanza fue, una vez más, la protagonista de la jornada. 

Todo se cerró con el Bogotá Gospel

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El momento culminante de la jornada se vivió en el Parque Metropolitano Simón Bolívar, donde miles de marchantes confluyeron tras recorrer las principales vías de la capital. Allí, la Marcha para Jesús encontró un escenario de celebración con Bogotá Góspel 2026, el tradicional concierto del Festival de Verano que este año se articuló con la movilización nacional para convertir el parque en un gran espacio de adoración, música y unidad. 

Durante cerca de ocho horas, el escenario reunió a reconocidos artistas de la música cristiana como Miel San Marcos (Guatemala), Alex Zurdo (Puerto Rico), Rescate (Argentina), Cales Louima, además de agrupaciones colombianas como Avivamiento, One 4 All, Vasija de Barro, Rapha y Diana Paipa. Cada presentación estuvo acompañada por mensajes de esperanza, reconciliación y fe, en un ambiente familiar que congregó a creyentes de diferentes iglesias y generaciones. 

La unión entre la Marcha para Jesús y Bogotá Góspel convirtió el cierre de la jornada en una verdadera fiesta de la fe. Lo que comenzó como una caminata por las calles de la capital terminó con miles de voces elevando alabanzas al unísono, reafirmando el propósito de los organizadores: hacer visible un mensaje de paz, amor y reconciliación para Colombia. La Plaza de Eventos del Parque Simón Bolívar se transformó así en un inmenso templo al aire libre, donde la música sirvió como lenguaje común para celebrar la esperanza y la unidad del pueblo creyente. 

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